lunes, 7 de enero de 2013

Telefónica, el fichaje de Rato, y la imagen del país

Últimamente desde diversos ámbitos, tanto públicos como privados, se esta intentando fortalecer o mejorar la imagen que como país tenemos en el exterior. Acuciados por una crisis galopante, es vital recuperar la confianza entre los inversores o consumidores internacionales.

Por un lado, una más favorable percepción de nuestros productos ayudará a aumentar las exportaciones  mientras que en el caso de los inversores, una mayor confianza en nuestra economía disminuirá la prima de riesgo de nuestra deuda, con el consiguiente ahorro en intereses que esto supone.

Ya se encargan nuestros "amigos" anglosajones de airear nuestras vergüenzas a la mínima oportunidad, vía Financial Times u otros medios, así que debemos procurar evitar cualquier comportamiento que alimente la sensación de corrupción, despilfarro, impunidad,... o similares.

En este sentido, sorprende muy negativamente la decisión de Telefónica, una de nuestras compañias más internacionales, de contratar como asesor al ex-presidente de Bankia, el señor Rodrigo Rato.
No voy a poner en duda su valía para el cargo, ni mucho menos, pero sí la oportunidad o la necesidad de su nombramiento. Sabido era que la noticia iba a levantar polvareda, por lo que se antoja motivada y reflexionada, y es ahí donde no acierto a adivinar razón alguna para la misma.

Si ya en el pasado más reciente la compañía quedó asociada al escándalo Urdangarín, ahora vuelve a situarse como destino dorado de responsables políticos caídos en desgracia. Ni de cara a su propia clientela en España, ni  ante los inversores internacionales, la decisión parece la más adecuada, sino que en el primer caso despertará claros sentimientos negativos, mientras que en el exterior se percibirá como una compañía ligada a los tejemanejes políticos y lejos de la independencia de gestión que se le presupone.

Cabría preguntarse en qué queda la responsabilidad social corporativa y demás zarandajas, que parece sólo sirve para llenar pomposos titulares, pero que en la práctica queda absolutamente ninguneada por este tipo de actuaciones.

En resumen, ni es el momento más adecuado ni existen suficientes razones para hacer pagar a Telefónica un coste de imagen tan alto. Todos necesitamos predicar con el ejemplo, pero algunos, por su cargo, más que otros, y el señor Alierta es uno de ellos, bien sea por su país o por sus accionistas.



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